martes, 6 de junio de 2017

PROGRESIÓN DESCENDENTE

Esta tarde abrí tu caja secreta, aquella de metal que guardabas con tanto celo, la misma que solo podías tocar tú, ¿recuerdas? Seguro que sí, cariño.

No pude resistirme, aunque sé que igual no he hecho lo correcto. Siempre defendías con vehemencia tener ese secreto, tu único secreto. Y me advertías de que jamás podría ver esa caja por dentro, salvo bajo dos excepciones: una imposible: que nuestro amor terminara para siempre; y otra improbable: que tú murieras antes que yo, cuando de sobra sabe el mundo que tú para mí eras tanto como nada, eras sencillamente ETERNA.




Como cada domingo, sacabas tu cajita y la acariciabas con tus manos níveas, hermosas, gestuales, progresivas… igual que acariciabas mi espalda, mi cara, mis brazos. Me fascinaba verte frente a ella, me mataba el misterio del secreto encerrado, me dejaba helado un viento que no existía cuando te inclinabas hacia su interior y realizabas esa práctica ritual, esa norma tal vez moral y sigilosa, reservada, oculta… Y me recorría un escalofrío electrizante por todo el cuerpo cuando la cerrabas, dejando en su interior un secreto que jamás pensé que podría llegar a descubrir.

Dabas vueltas a la llave, una llave dorada que en sus giros envolvía el secreto, lo reservaba solo para ti y lo hacía recóndito al resto del universo. Esa llave dorada no solo cerraba una caja, cerraba también un secreto de vida, cerraba mis pulmones para que no entrara aire, cerraba mis sentidos para no percibir, cerraba mis ojos para no llorar, cerraba mi pecho para no morir de angustia, cerraba mi alma que quería ser solo para ti y para todos los tiempos.




Siempre, cuando terminabas, abarcabas de nuevo con tus manos la caja y la presionabas con suavidad y con amor contra tu pecho. Después, tras tu función sagrada, llegaba el momento solemne de colocar la caja en el lugar más reservado e inaccesible de la casa. Yo, calladamente, abandonaba la habitación y marchaba errabundo por calles coloridas que pisaban multitudes anónimas que caminaban veloces hacia lugares grises. No olvidemos que los domingos pasa eso, que te hacen pensar. Y a veces, pero solo a veces, no solo eso, sino que también te pueden convertir en volcán.

En mis erupciones sólidas, me abstraía y pensaba en ti, en tu maravillosa forma de expresarte, de proyectarte al mundo, en tus manos inanimadas cuando no me tenían para acariciarme. Y en tu secreto. En este último quizás fuera por el miedo atroz a que guardaras en tu caja el nombre o la fotografía de otro amor, de algún hombre que no fuera yo.




Aún recuerdo el último domingo de tu vida, cuando volví a casa. Me esperabas tras la puerta, apenas había entrado y de un saltito me atrapaste entre tus brazos por mi espalda y, aproximando tus labios a mi cuello, me tocaste con tu lengua y me dijiste bajito que me querías. Sin salir del círculo de tus brazos me rodeé haciendo un giro sobre mi propio eje. Y aparecieron ante mí tus dos preciosos ojos negroprofundos, abriéndome las puertas del cielo. Te miré y volé con mi imaginación al lugar mágico donde se tejen pieles, para bordarme sobre ti y no salir jamás.

Me encuentro más solo que nunca, con tu cajita abierta y apoyada sobre mis piernas. Hoy es domingo por la tarde y más que nunca la ciudad se me clava una y otra vez, hasta destrozarme por dentro. Un año mirando cada esquina con unos ojos que lo único que desean ver es tu amada y sorprendida cara mirando su cajita secreta… mirándome a mí.




Me ocupo de ella, mis manos tiemblan y mi mirada llega salteada al fondo de la caja. Hay un papel azul, envuelto sobre sí, como una voltereta. Y atado con un lazo rojo.

Dudo.

El recuerdo persiste, llega sonoro a mí: tu cara y el ruido amable de tu sonrisa delicada. Abro mis ojos vidriosos y no miran hacia ningún lado, como los de los muertos. Recorro con mi mirada la pared frontal de nuestro salón, choco contra una foto tuya y ello desplaza mi corazón fuera de la esfera del tiempo. Por un instante el delirio me hace tenerte junto a mí. Intento besarte, pero mis labios rehúyen de la aspereza del cojín.

Decido.

Tomo el papel azul del fondo de la cajita, de tu cajita secreta. Lo sostengo con la mano izquierda, mientras tiro de la punta del lacito rojo con los dedos índice y pulgar de mi mano derecha. El pergamino reacciona, en principio, como un muelle, se desenrolla casi con violencia, pero vuelve a envolverse sobre sí enseguida, aunque ya con mayor apertura. Queda como el caracol de mi tristeza. Extiendo el papel tirando de sus extremos y leo una frase:

“Espero que puedas ser feliz sin mí.
No me duele la muerte,
lo que verdaderamente me aflige
es dejar de verte para siempre”

¿Hay formas de acción no razonables? ¿Todas las intenciones que impulsa el amor son honestas? ¿Querer a alguien da derecho a todo? ¿Está bien usurpar los sentimientos de la persona que amas? ¿Existen un motivo en el mundo por el que merezca la pena dejar de vivir? ¿Y Dios, dónde está?




El calor es abrasador, la vida late despacio. Y mi pulso camina por hilos casi invisibles que sostienen sentimientos hondos y no comunicados. La vida me resulta insostenible.

Te necesito.

Amor.


Ven.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

LA FLOR SIN PÉTALOS

Es cierto, la vida es un espacio o un lugar donde hay que tener mucho cuidado y tal. Todo se aguanta y todo pasa, pero a mí me gusta más hacerme fuerte contigo a mi lado, no quiero batallitas de héroes, ni hazañas épicas donde conquisto todo menos a ti. Ya sabes, porque te quiero y tal. Sí, sí, te amo, eres mi vida y todo eso. En serio.

Me resulta bonito pensar en ti, en nuestra historia. No sé, me agrada recordar nuestros bailes matinales pegados, con el deseo enredándose en nuestros rostros, con nuestras profundidades cubiertas por nosotros mismos locos de amor. Me resulta realmente apasionante recordar el calor matizado de tu cuerpo, el brillo de tu piel iluminando el azul de mis ojos, tu mirada de fondo distante arañándome las entrañas… No sé cómo decirte, ¿sabes? Bueno, tal vez me entiendas. Vete tú a saber.




Ya, ya lo sé, por otro lado estás tú y tus pareceres, pero yo estoy a lo mío, como todos, creo yo. ¿Qué dices? ¿Qué tu nube negra no te deja recordar? Vamos, de verdad, ¿qué locura es esa que me planteas? Sabes de sobra que las borrascas pasan, pero el sol queda. No por estar oculto tras las nubes deja de existir el Astro Rey, al fin y al cabo a todos nos gusta escondernos en algunas ocasiones, no va a ser menos esta gran estrella luminosa. Mírame a los ojos y dime que no recuerdas cuando estrenabas un vestido pensando en cómo te vería yo (viene a mi memoria ahora aquel blanco y negro, ¡madre mía, estabas preciosa!), en cómo saboreabas las comidas que hacía para ti con amor, en cómo me traías ilusionada los donuts más deliciosos del mundo. Venga, de verdad, atrévete, no desvíes mi atención jugando con tus manos, sabes que me vuelven loco. Mírame y dime, aunque esa mirada tuya sean dos dardos que se clavan en el centro de mis pupilas y puntúan el doble para ti; pero mírame, por favor, y dime que ya has olvidado tus largas siestas en mi hombro mientras yo conducía hacia un infinito eterno para los dos, que ya olvidaste mis caricias y mis lágrimas, mis emociones piel a piel, mis ansias negras en tus ausencias, mis miedos infundados, mi cobardía para llenarte plenamente… que ya olvidaste todo, quizá hasta mi nombre.




Maldita sea, hoy no soy capaz de desentrañar tu mirada diagonal, me hace demasiados requiebros y me resulta dificultoso penetrar en sus rincones recónditos. Pero no me voy a callar por eso, si es lo que pretendes. No, de eso nada, sería tanto como aceptar tu pérdida. Y loco no estoy, aunque lo parezca y tal. De verdad. Ay no, eso no, no me dibujes hoy tus medias sonrisas, pueden tumbarme definitivamente, no debes darme golpes bajos, hagamos una conversación horizontal y hablémonos de tú a tú, para ti es más fácil: eres dialécticamente muy fuerte. Tranquila, dentro de este cuadrilátero de la vida, me tienes contra las cuerdas. Vamos, una sonrisa más y me terminas de noquear por derribo técnico y tal. Es así, en serio. Y tal.

No puede ser, no me lo podía esperar de ti. ¿Cómo te atreves a ponerme esa canción? ¿Qué intentas, que ahogue mis palabras en lágrimas amargas? Encima tienes la osadía de cantarla, incluso eliges la estrofa precisa con la que quieres golpearme:

Te sentí tan dentro que a veces
presiento que estás a mi lado
me gusta contarte lo que me ha pasado
hasta que descubro que he hablado sola”.

Este “Polvo de mariposas” de Vanesa Martín me mata, pero cuando sale de tus labios también me evapora, me hace desaparecer sin ser notado. No miento, de verdad. ¿Qué? Ah ya, sí, sé que te encanta, pero ahora ha sido traída como un regalo envenenado, casi diría que atómico. Allá tú, rómpeme entero si quieres, después de ti no me apetece ya ser nadie, tampoco nada. Y tal. No exagero, en serio.




¡¡¡Pues chica, escuchándote cualquiera lo diría!!! Pensé que nuestra histo… ¿qué? Pero, ¿cómo puedes decirme eso? Veo que estaba viviendo en la inopia, en la más absoluta ignorancia de todo tu sistema de sentimientos. No sé. Jamás he aceptado que se pueda dejar de amar de manera instantánea, no puedo resignarme a eso. Y tal. No, no, no y no, de eso nada, yo entiendo perfectamente, tonto no soy. De verdad. Vamos, ¿pero dónde quieres llegar? Me vas a volver loco, ¡¡ahora me dice que me quiere, que está enamorada de mí!! Ya veo, ya. En serio. Francamente, no hay quien te entienda. De todas formas, sabes qué te digo, que empiezo a estar hasta las narices de tus ritmos, de los tiempos que te marcas, tan atroces como tu frialdad. En fin, no sé, ya me entiendes. Y tal.

Todo se junta, por si era poco ahora se pone a llover. Me siento muy cansado, casi agotado, voy a buscar un soplo de oxígeno bajo mi paraguas. Puede que a ti ya no te importe, pero necesito pasear y hallar el poder purificador del agua. Ya, ya sé que tú eres más de calores y colores, pero siempre residió nuestra atracción en nuestras diferencias, ¿recuerdas? Pero bueno, según parece eso ya no importa. Tú sigue colgada en tus vidrieras interiores, casi celestiales, que Dios todo lo quiere. Allá tú, de verdad.




Olvida tú que puedes, yo me nutriré y viviré de todos los suspiros que guardé cuando el calor de mis abrazos guarecía el frío de tu cuerpo.

Ah mira, por favor, olvida también todos mis agravios. Y recuerda solo una cosa: te quise como pude, como supe, pero fue todo de verdad.

Aferrado eternamente a tu ausencia, me despido.


Y con mi última lágrima me ahogo.

jueves, 6 de octubre de 2016

LLUEVE EN ROMA

La vida no siempre es apacible y armoniosa, estoy absolutamente convencido de que la tenemos poéticamente idealizada. A lo más que estoy dispuesto a llegar, es a la asunción de que la vida es una especie de refugio que acoge al enamorado no correspondido, en su huida, en busca de sosiego y descanso espiritual. Hasta ahí, puede; pero más, no.

Y pienso eso, porque en la vida todo cabe. Hasta el amor.

Mientras en el telediario informan de que llueve en Roma, yo defino tu cara con la yema de mis dedos, para hacer tangible la belleza. Y para mis adentros te pienso a golpe de metáforas, mientras te rodeo. Quiero trascender, fundirme en la divinidad y te abrazo suave por detrás, huelo tu pelo, me apago en él, me lío y decoro con la hermosura de tu luz mi mirada cerrada.



Toco el reverso de tus manos y paso de lo material a lo inmaterial, me alejo de todo lo carnal, me envuelvo con los destellos de tu bondad y tu belleza y convierto mi deseo en un acto de adoración.

Te encoges, contraes varios miembros de tu cuerpo y estiras hasta el infinito el alma. Sé que me quieres. Intentas rodearte, pero te pulso las manos con mis brazos pegados a los tuyos y uno tu espalda a mi pecho, cosiéndolos con palabras apenas perceptibles, susurradas a tu oído derecho.

-     Te quiero piel de lirio, princesita, clavel de coral...

Quedas paralizada, como deseando escuchar más palabras o huir del mundo. No sé. Tu cuello se mueve hacia el lado derecho y el lateral de tu pelo se resbala con la misma suavidad que lo hace el agua por una roca lisa y desgastada por ella misma. Tu perfil es como el de una ninfa inspirada en la mitología grecolatina, me produce un estado de embelesamiento, de éxtasis tal que por momentos me siento liberado de la prisión de mis pensamientos.

Sueltas tu mano izquierda de la mía y, oprimiendo mi mano derecha con la tuya, tiras suavemente de mí en corto y me colocas frente a ti. En principio estás con los ojos cerrados y tu boca colocada en posición de beso.  Te miro y veo en tu rostro una poesía lírica anónima, sin autor posible. Junto mi cara con la tuya por el lado izquierdo de nuestras mejillas y, antes de llegar al santuario de tu boca, dejo en tu oído como aire sereno otro mensaje:

-     Te amo nenúfar blanco, Rosa de Venus... flota en mi lago.

Nuestro deseo arde y, probablemente en Roma, no ha parado de llover.



Hago una pausa, respiro, doy un paso atrás y extiendo mis manos para tocar tus hombros desnudos. Mi corazón te define y hace una tesis perfecta acerca del concepto deseo. Tu piel es una tela de seda parecida al raso: plana, lisa, diáfana... resplandeciente. Y mis manos son plumas de oca que recorren tu espalda como el cosquilleo de la brisa.

Hace rato ya que de alfombra tenemos tu blusa.

Es cierto que el deseo me hace gravitar a tu alrededor, de manera medida, pausada... burbujeando por la acción del calor, perdiendo el sentido por la suprema belleza de tu espalda, atontado por la embriaguez que me produce el almíbar de tu piel.

Por detrás, me abrazo a tu cintura, abro mis manos en abanico y recorro piel a piel tu frontal desde tu cuello hasta el límite que impone el vaquero de tu pantalón. Mis dedos se enredan y explotan contra un botón metálico que tiene un grado de deseo directamente proporcional al resultado de la suma  de la pasión de ambos. Giras sobre tu propio eje y se abren delante de mí unos párpados que me muestran toda la belleza ideal de la filosofía platónica: tus ojazos negroprofundos. Una explosión de sentimientos me dinamita por dentro y mi cuerpo se estremece como un astro fulgurante. Pones la punta de tu dedo índice bajo mi barbilla, presionas suave hacia arriba y besas mi cuello dejando que tu lengua barnice mi piel con el jarabe curativo de tu saliva. Mis piernas tiemblan. Te quiero. Rodeas con tus brazos mi cuello, genuflexionas levemente tus piernas y con un impulso ligero y sutil te elevas sobre mí cercando mi cintura con tus piernas. Y nos volvemos a besar juntando nuestros pechos desnudos. Comienzo a caminar por un pasillo sombrío y oscuro, tal vez melancólico o triste, no lo sé; mientras tú acurrucas tu cabecita delicada entre mi hombro y mi cuello, como guareciéndote del frío... o de tus miedos.

El templo sagrado de una cama indica que llega la hora impostergable de perder nuestra verticalidad, para buscar la propiedad horizontal de tu cuerpo etéreo. Solo que te dejo caer lenta y mansa en el lecho, empujo con mis pies mi pantalón hacia atrás. A partir de ahora serán mis manos vaporosas lo único en el mundo que toque la divinidad de tu cuerpo.



Haciendo un ruido desafinado, una puerta se cierra a mi espalda.

Y en ese momento, tras la puerta gruñona, establecimos una forma íntima de diálogo. Un diálogo cargado de franqueza y frescura, de ternura y pasión… un diálogo, en definitiva, lleno de sensaciones y emociones fuertes que no dejaban lugar ni a la duda, ni a la confusión, ni a la indecisión.

Te amo luz hemisférica.

              Me pregunto si habrá cesado la lluvia en Roma.

miércoles, 20 de abril de 2016

RAZÓN ARITMÉTICA

Nada, no había forma de acción posible. Cada mirada era un fracaso que, además, predisponía a otro fracaso. Cada paso me incapacitaba más para obtener una respuesta positiva por tu parte, a pesar de la aceptación abnegada que mi corazón te profesaba. Cariño, amor, admiración... una aldea global de sentimientos que iban quedando en ruinas, devastados por tu indiferencia, porque tú sí que habías visto ya el final.

Pasaba el viento de derecha a izquierda y creaba un murmullo lejano con las hojas de los árboles, parecía como un arrullo que pretendiera dejar dormida un rato a la vida.


Miré tu perfil y vi una imagen de persona muerta, como un viejo arcoiris de bandas matizadas, casi descompuestas. Tu cara no era un poema, era un presagio, incluso un anuncio trágico.

- Tu vida siempre fue grande, clara y bella -dije tardo y vacilante, como trastocando las sílabas.

Tu voz de bajo profundo llegó a mis oídos como un dragón enfurecido, clavándoseme igual que cuando la hoja de un cuchillo parte un corazón en una reyerta.

  • Y volverá a serlo, pero sin ti -contestaste serena y segura.

El fantasma de la locura hizo sombra en mi cerebro y las garras aceradas y glaciales de la demencia abrieron mis carnes y ensombrecieron mi vida para siempre.

El sonido del viento cambió de tono y pasó de la nana al lamento y la amargura de un fado envenenado. 


Y ahora, ¿Dónde guardo tanto amor? ¿Dónde lo pongo? ¿Cómo lo coloco para que quepa en mi vacío? Sí, es cierto, puedo buscar en tus recuerdos mi metamorfosis, pero sinceramente no soy tan ingenuo. Tus recuerdos solamente me procurarán un espacio de libertad íntima, pero desgarradora. No más. Tampoco menos, pero menos es muerte. Nada.

Me aproximo a ti por tu espalda. Te huelo. Tu aroma aún tiene poder para diluir la rabia y el rencor, es como un perfume terapéutico que me hace inhalar todo lo vivido junto a ti. El poder curativo del olor, de tu olor único y genuino, el olor de mis noches de ceguera.

Giras sobre tu propio eje y me miras de frente, directamente a mis ojos apagados, romboidales. Pones la palma de tu mano derecha en mi mejilla izquierda y me miras con lástima, casi con piedad. Lo que transmite tu piel no lo puedo contar, porque mis sensaciones y mis sentimientos ya no los puedo situar en ti, no me dejas.

- Ahora será todo mejor así, debes empezar a caminar por senderos que no tengan mi huella. Todo irá bien, un día encontrarás un camino circular que te hará llegar a ti mismo... una vez te encuentres, en tu vida prenderá una luz. A partir de ese momento, espero que jamás se apague ya. Yo estaré lejos, muy lejos, pero lo sentiré en lo más hondo de mi ser. Tienes que saber que te amé profundamente, como ya nunca volveré a hacerlo.


Caigo abatido en el suelo de rodillas, doblegado por este golpe letal sacudido por el funesto mazo de la vida. La infelicidad me aturde, casi no me deja sufrir bien. Retumban en mis lágrimas los acordes y la letra de Tracy Chapman interpretando “Baby can I hold you”. El dolor es tan grande que parece como si lo pudiera tocar con mis manos. Necesito aire, pero no lo quiero. Siento que en mi pecho han colocado un tapón que obstruye el respiradero de mi vida. Sin embargo, esta horrible sensación es la única posible ahora mismo, es la que deseo. Abro mis ojos tratando de pedir un auxilio inocente, pero en la habitación ya no hay nadie. Te llamo, te espero, te grito... deliro.

Unas horas después la noche me refugia. Permanezco tumbado mirando al cielo. Salto con mi mirada de una estrella a otra, pero en todas encuentro el mismo contenido: tu cara. Una constelación lejana ha perdido una estrella, el resto trata de disimularlo brillando más. Hago trazos imaginarios con sus puntas buscando un dibujo que me alivie, pero siempre configuro tu inicial. Tal vez será mejor que lleve mi vigilia a un lugar cerrado y oscuro. 

 
Ahora el viento sopla leve, perpendicularmente al rumbo que navegan mis pensamientos, pero esta vez no emite ninguna tonada, simplemente llega y sin lograr alcanzarme se queda dormido... tal vez como mi locura y yo.

Abrir mis ojos no me aporta nada nuevo, sino que me devuelve a mi triste agonía. Desde la cama observo una nota de papel pegada con un trozo de adhesivo transparente al espejo de la habitación. Me levanto a por ella y veo mi nombre en el anverso y, en idéntica posición pero en el reverso, el tuyo. Es una nota con tus últimas palabras:

El amor no da derecho a todo.
No supiste quererme cuando a mí no me importaba besar el suelo que pisabas, pero tengo que decirte que siempre vi en ti una bondad infinita, aún desde mi triste y desgraciado sufrimiento.
No dejes que en tu alma brote el odio ni la desolación, eso te mantendría muerto, solamente aprende a amar.
Es hora de terminar, por favor, muéstrale a tus fantasmas todas tus heridas y préstales tu esqueleto para que se vuelvan corpóreos y te ayuden a caminar correctamente.
Olvídame para siempre...
Te quise”.

Cae el papel de mis manos y baja suave construyendo un relato circular... movimiento idéntico a mi vida que se hunde en una espiral macabra y acarocolada.

Amo hasta tu ausencia.







miércoles, 27 de enero de 2016

NADA ES LO QUE PARECE

Miras a través de la ventana.


Con un escalofrío electrizante tus brazos se cruzan abrazándote, como protegiendo del aire glaciar tu trémulo cuerpo. Al otro lado de los cristales, el viento arrastra miles de sentimientos que muchos enamorados se han dejado caer al suelo. El cielo llora y sus lágrimas se abalanzan sobre ti tratando de llenarte de penas que tú no tienes. El cristal lo para todo, sales ilesa. Ha sido un ataque brutal de grises, tal vez mortal de necesidad.




Aparto mi vista de ti para fijarla en el anverso de mis manos.

Examino por un momento todas las representaciones gráficas de mí ser, pero esta tarde mi sistema cartográfico se muestra vago, impreciso. Persisto en la mirada, pero no encuentro forma alguna de hacer funcionar en mí el arte de trazar mapas en mi piel. Dejo de mirarme y me proyecto en ti, en tu horizonte más lejano, porque quien mira el horizonte mira su interior. Y ahí encuentro varias imágenes que duermen en una ladera de mi corazón.

Dejo de sumirme y recogerme en mi propia intimidad y vuelvo a mirarte.

Me levanto, sacudo el polvo de mi mente y te abrazo por detrás. Pego mis labios a tu cuello y exhalo todos tus aromas. Te invito a pasear por un recuerdo lejano. Subo despacio, rozándote suave, y me coloco a la altura de tu oído para susurrarte:

-      - Te quiero cariño, eres preciosa.
-     -   La tarde realmente está para quererme –dices petrificada.


Vuelvo al silencio. Te siento. Cierro los ojos. Floto en una oscuridad blanda, dulce, quieta, grata, lisa. Tu hombro sostiene todo eso… y algo más. Un reloj de sonrisa circular marca pesado las horas.





-      -  Dime algo más –me pides dando un parpadeo inusual.

Reconozco que tu demanda me asusta, es como si trataras de buscar una última verificación de lo que sientes por mí… o de lo que ya no sientes. Tu voz se clava en mi pecho como un lejano y lastimero clamor de aves de paso, la emites con un timbre medio de intensidad apagada, parece que tienes íntimamente decidido respirar tras los cristales que ahora te protegen.

Esta maldita tarde me está matando, las horas pasan lentas, prolongadas, tristes… dolorosas. Mis pensamientos fluyen tan rápido, que mi lengua no acierta a servirlos, a ponerlos a mi disposición para tocarte el alma. Me hacen sumir en un profundo silencio, me impiden decirte nada, me lanzan a perderte para siempre. Lo sé. ¡¡Cuántos “te quiero” quedan encerrados en las cárceles de mi corazón, atrapados en su hermetismo letal!!


Fuera, la lluvia sigue hinchando los brazos de agua de los arroyos donde un día nos besamos. ¿Recuerdas? Era el despertar, el inicio, nuestra proyección común a la vida.
-




Tomo tu mano, pero esta vez está fría. Asombrado, o mejor dicho aterrado, quedo inmóvil soltando tu mano de golpe a la par que me voy dando la vuelta, una vuelta que me llevará para siempre al abismo, a una realidad inmaterial inmensa, insondable e incomprensible.

Rompes tu inmovilidad y aprietas una tecla cercana y termina de devastar mi sistema emocional la lastimera voz de Ana Moura, entonando su desgarrador fado “Desfado”. Es como un regalo envenenado que me haces marcando una terrible despedida, enseñándome con su letra todos mis sentires junto a ti o los tuyos junto a mí. No sé.

Ay, que tristeza, esta mi alegría
Ay, que alegría, esta tan grande tristeza
Esperar que un día yo no voy más a esperar un día
Por aquel que nunca viene y que aquí estaba presente”.

Tras los cristales, el viento lleva en su vuelo hacia la lejanía partículas húmedas de bellos recuerdos. Recuerdos que tú ya no querrás recordar nunca más, o que recordarás en silencio y en secreto, para no mostrarte vulnerable, aunque dentro de ti te sentirás. La lluvia es así: refresca y purifica, pero también resfría.

No hace falta que dejes tu ventana, no es necesario. Hagamos las cosas al revés de como el destino las tiene planeadas. Me iré yo. Me voy, sí, pero me marcho dejándote llena de mí, llevándome todo de ti. La distancia quedará bordada de extensores invisibles hilados por lazos también invisibles, para que el mundo no pueda cortar nuestra unión divina y sacrosanta.

Es tarde y estoy ya demasiado cansado, ahora te toca seguir mirando tras el cristal de esa ventana, pero esta vez verás cómo mi cuerpo se va alejando.


Por favor, no abras la ventana... no me llames. 



lunes, 7 de septiembre de 2015

BAILO TU SILENCIO


Y entonces rodeo tu cuerpo con mis brazos y apoyo mi cabeza conectando con mis labios a tu hombro derecho. Tus suspiros me matan, son tan especiales como todo lo que en la vida se queda escaso. Respiras suave, te quejas leve, porque en sueños eres tan sutil como lo eres en tu preciosa vida. Me aprieto suave a ti y te respiro, te hablo sin mover mis labios, porque por mí piel escapa todo. Así es contigo, porque te quiero como nunca he querido.

Has llegado para quedarte, lo sé, tengo la certeza en lo más profundo de mí. Soplarán aires fuertes, para intentar arrastrarte, pero ahí estará la fuerza del amor para dejarse tensar sólo hasta límites tolerables. Te quiero cariño, eres una lucecita constante en mi alma.



Tomas mis manos y, acercándome a ti, besas mi frente. Siento algo más que un contacto de piel, es como si un rayo de sol se hubiera solidificado y atravesara mi pecho partiéndome en dos. Haces patente todo lo intangible, por eso contigo me siento bien, muy acompañado, protegido, porque tú eres invencible. Te necesito amor, eres como ese premio/milagro de vida que todos los creyentes con suerte sienten que les ha regalado Dios. Me siento colmado porque fuera de ti no tengo espacio para nada ni para nadie. Eres mi mundo. El único posible.

Acaricio tu espalda con la yema de mis dedos, hago circulitos sobre ella y dibujo corazones, porque tú eres todo amor. Y te toco con las palmas de mis manos abiertas. Tocar tu piel debe ser lo más parecido que haya a caer del cielo en vertical e ir rebotando en lo gaseoso de las nubes, llegar a tierra y ser mecido por montañas de algodones. Así lo siento yo. Te quiero, ¿te lo he dicho ya antes? Quererte no es una libre decisión mía, es un mandato supremo de los pilares mismos de mi existencia.





Me separo de ti unos centímetros y observo tu cuerpo. Mi nivel de expresión termina, sería el momento idóneo para que hablara Dios, si existe. La función más noble de tu cuerpo es la de ser contemplado, vergüenza debería darme tocarlo. También puedo amarte a escasos milímetros de ti, porque es todo tan real y tan profundo que todo mi ser habita en tu interior. Te rodeas y me miras, acaba de hacerse en mí el día. Sonríes. Posas tu cabeza en mi pecho, respiras armónicamente. Te zambulles lentamente entre las sábanas suaves y serpenteas bajo ellas creando con maestría el enigma de por dónde vas a asomar de nuevo. Haces eterno el momento, me mantengo expectante mientras en mi cabeza suena la suite de El carnaval de los animales, de Saint-Saëns. Apareces camuflada entre tu pelo, justo a la altura de mis ojos, tu cara es un poema en prosa, hermoso contraste de negros sobre blanco. Me dilato.

Reptas hacia arriba y te despojas de la sábana, quedando tendida de espaldas en la cama. Te miro oblicuamente, de soslayo, encubriendo con astucia mi intención de verte. Sonríes advirtiendo mi deseo, ya lo dijo Unamuno “las mujeres saben siempre cuando se las mira, aún sin verlas, y cuando se las ve sin mirarlas”. Me llega una hermosa fragancia, algo parecido a los aromas de las pequeñas flores del  lirio de los valles, un olor a mujer inteligente, a mujer de silencio y de sosiego. Tu cuerpo ofrece un plano horizontal con algunas capas que ocultan esencias básicas, es como las imágenes femeninas de los trabajos de María Jesús Manzanares: obsesionadas con buscar los caminos que las lleven a su propia muerte y autorizadas por la artista que las crea a tumbarte, a pisarte, a arrancarte el alma y llevarse impunemente el botín. Tu cuerpo es una imagen extraordinaria, ciertamente envolvente, colgada de hilos de cordura.

Poseído por tu belleza pierdo la vergüenza y lanzo la sábana que me cubre al infinito. Me coloco paralelo a ti, en idéntica posición, pero con una desnudez más insolente que la tuya. Nos tomamos la mano y con la fuerza del silencio dibujamos dos estrellas gemelas que son el reflejo fiel de nuestra realidad: cuanto más juntas, más brillan.





El deseo empieza a apremiar la necesidad de echar el telón a esta ventana escrita, para que nadie sea testigo de la unión sacrosanta de nuestros cuerpos.

Maravillosa escena de ojos cerrados.

Mi memoria vuelve a fallar, ¿te he dicho que te quiero?

El deseo, para nosotros, no es más que la vitamina perceptible  que alimenta nuestro amor.

Y nuestro amor puede ser separable, pero es manifiestamente IRROMPIBLE.

martes, 30 de junio de 2015

DONDE FUIMOS FELICES


Y juntos volvimos al lugar donde un día, profundamente enamorados, compartimos amor y vida.



Entonces me mirabas diferente, éramos una sociedad de afectos y complicidades, un equipo indestructible, dos entes independientes pero perfectamente ensamblados en una estructura de vida común.

Sin embargo, el orgullo estúpido, la irregularidad propia de la actitud humana y otros elementos invisibles que subyacen al desamor, fueron llenando las antes superficies planas de nuestros corazones de aristas que, a medida que la vida empujaba, iban agrietando los nexos y deshilachando las costuras de todas las pasiones mutuas que nos entrelazaban.




Mi mirada, sí, aún conservaba muchos residuos del pasado. Te miré y pensé en la frase de “el tiempo lo cura todo”, pero mi mente, de manera ajena a mí y sometiendo a mi voluntad, la completó: “y también lo devasta todo”.

Hacía una tarde de puños cerrados y dientes apretados, de canículas que hacían confundir las lágrimas con el sudor. De estas tardes que tratas de parar la vida, pero ves que no puedes, que eres diminuto y débil ante la inmensidad de las realidades que te sobrevienen y detestas. Tardes brillantes vividas de forma oscura, clandestina; escondido de ti mismo, pero sabiéndote visible al mundo que tratas de esquivar.



Soltaste la punta de un pañuelo floreado que pendía de tu cuello y este, lento, blando, moderado, dulce, gratificando a tus sentidos, recorrió las curvas sinuosas de tu cuerpo, serpenteándote como un agrio adiós que no deseas. Contrapusiste tu sonrisa buscando vencer, pero tan solo lograste un empate, un equilibrio sin validez, porque alrededor solo había perdedores.

La vida, a veces, baila así, con tono fúnebre, con lodo, salpicando a los infelices.

Sentada, mirabas tus manos y meditabas. Y lo más curioso, es que también sonreías. Probablemente habías hecho algún pacto oculto con el peor de los demonios. Y ese pacto estaba firmado sobre mis escombros. Todos los pactos tienen víctimas, algunas veces la víctima es quien lo firma.



Y entonces te miré, pero justamente cuando mi mirada te alcanzaba, tú te hiciste ausente, dando lejanía a toda intención que yo pudiera tener de amarte, mostrando a todos los enamorados del mundo cómo es la estructura de la universalidad abstracta hegeliana complementada con la actitud del desamor.

Tomaste de nuevo el pañuelo que soltaste en tus manos y lo pusiste en tu cara, cubriéndola entera. Comprobaste que había borrado de su memoria todos los olores del pasado y te invitó a ti a olvidar el día que nos conocimos, el primer día que hablamos, la primera vez que te consolé, la primera vez que me dijiste que me querías, la primera vez que me echaste de menos, la primera vez que te besé, la primera vez que me dijiste que era el hombre de tu vida, la primera vez que tardaste en dormir porque no podías dejar de pensar en mí… Sin embargo, el pañuelo cruel, fiel aliado de tu frialdad, no te invitó a olvidar la última despedida fría y dolorosa, el último lo siento, la última lágrima mía, el último suspiro tuyo, el último roce de manos ya inertes, los últimos pasos de caminos opuestos de ambos… eso no, eso el maldito pañuelo olvidó recordártelo.

Antes de terminar esta despedida, me gustaría agradecerte que me ayudaras a descubrir que el cielo existe, a pesar de no ser fácil, porque me hiciste ver que visité el cielo todos los instantes eternos que estuve en tu corazón, aunque la eternidad fuera referida a los momentos presentes.



Y es que, la verdad, siempre fui más feliz cuando tú me mirabas.